Año 880. Antiguo Reino Humano
—¡Ferit! —gritó una chica de pelo plateado y pecas, mientras disparaba una flecha.
El demonio se agachó, protegiendo su cuerno rojo, y vio cómo un ser de aspecto horroroso, con grandes colmillos y un cuerno, desaparecía detrás de él. Giró su cabeza para ver si había más enemigos. Al no encontrar ninguno, esperando ver a la peor y más malvada de los demonios, quien era horrorosa por dentro y fuera de su cuerpo, con unos colmillos bien grandes que podía llegar hasta bajo de su mentón, la que era mucho más fuerte que Ferit, no apareció. Levantó un poco de viento cuando sus pies chocaron con el suelo, para impulsar su cuerpo hacia arriba. Dejó que sus manos se movieran de un lado a otro para ocultar un poco su ubicación y se acercó levitando hacia donde estaba la joven de apenas unos veinte años, llena de picardía y vitalidad. Ella podía vencer a todos los demonios con el poder que Ferit le había brindado para combatir junto su arco y flecha.
—Por favor, Samara, me podrías haber dado a mí —dijo él, mientras la tomaba de los brazos y comenzaba a levitar de nuevo.
Samara se aferró con fuerza al cuello del demonio mientras él atravesaba los árboles a toda velocidad. El viento le despeinaba el cabello y le helaba la piel, pero nada de eso importaba: ella no podía soltarse. Cada zigzag entre las ramas hacía que su corazón latiera más rápido, o era tanta la tentación de tener los labios del demonio tan cerca de los suyos. Ferit dejó al descubierto sus cuernos por la vergüenza, por lo que Samara aprovechó para acariciarlos como si fueran lo más fascinante que había visto.
—Samara… deja de hacer eso —dijo, riendo, mientras comenzaba a descender hasta llegar en al césped.
—¿Por qué? —preguntó ella.
—Ya tenemos a Kleir y no podemos seguir tentando a la suerte, princesa mía. ¿O no ves cómo todos los de mi especie se pusieron contra nosotros? —respondió él, mientras pisaba los tulipanes y dejaba a la humana en el suelo.
Samara comenzó a hacer pucheros, colgándose del cuello de su demonio. Ferit le acarició los cabellos plateados y le dejó un beso en los labios. Luego, llevó una mano a su mejilla y le sonrió.
—Cada día que pasa estás más hermosa, Samara —continuó acariciando sus mejillas—. Aún falta para el amanecer… durmamos un rato.
El demonio caminó hacia donde se encontraba uno de los árboles rodeados de aquellas flores silvestres. La chica lo siguió y se sentó en el tronco e hizo que Ferit se sentara a su lado. Lo abrazó y cerró los ojos, quedándose dormida. Él le acarició sus cabellos y dejó unos pequeños besos en su frente, y se quedó dormido a su lado.
Los primeros rayos del amanecer y unas risas hicieron que Samara despertara. Ahí estaban los otros guerreros y su pequeño hijo Kleir.
Mila, la portadora de la lanza, miró a Samara y comenzó a dar pequeños golpes en su rostro con un palo para que se despertara. Su arma quedó en el suelo y se sentó riendo mientras sacaba una mora de su bolsa de tela y la apretó para comenzar a pintarle la cara a su compañera. El olor dulce de la fruta se había esparcido en el sector donde habían dormido la noche anterior. Ferit vio cómo una Samara inconsciente se tocaba el rostro y abría los ojos. Ella se miró la mano y soltó un grito al verse toda morada. Después se sentó y siguió tocándose el rostro. Ferit cortó un pedazo de su remera y la ayudó a limpiarse el rostro, mientras los otros tres volvían a reír. Samara los miró y el pequeño niño de tres años se lanzó sobre ella.
—Kleir… —Rio ella, acomodando al pequeño en sus piernas y luego miró a los demás—. ¿Quién tuvo la maravillosa idea de esto?
Los dos chicos señalaron a Mila. Ella levantó las manos y puso cara de inocente. Miró al pequeño y se llevó un dedo a sus labios para decir que era su secreto. Samara miró a su hijo y a su amiga, paseando la mirada de uno hacia otro mientras sonreía.
—Ustedes dos… —Rio—. Son terribles.
Comenzó a hacerle cosquillas al pequeño. Ferit se puso en pie y lo alzó en brazos. El niño lo abrazó.
—Nadie se había imaginado que el hijo de una humana y un demonio estuviera vivo —dijo James.
James tenía el escudo y Tadeo llevaba la espada. Los cuatro chicos y Ferit se habían conocido hacía más de diez años, cuando aún eran adolescentes. El demonio y Samara estaban juntos desde hacía cinco años. El grupo había luchado durante años contra Iglesias.
—Iglesias… —susurró—. Hay que tener cuidado con Iglesias.
Los cuatro chicos se dieron vuelta y miraron al demonio. Ferit miraba el cielo cubierto de seres alados y tontos, que se chocaban entre ellos. Sentía el miedo en su interior y sabía que, si Iglesias aparecía, no sería fácil alejarse de él.
—Debemos esconder a Kleir… Dejarlo con humanos hasta que nosotros lleguemos a algún punto en donde podamos matar a Iglesias. Pero no será fácil. Nada es fácil —dijo sin rodeos Ferit, estirando su mano para sacarle una hoja a su esposa.
—Pero ¿adónde lo llevamos? —preguntó Samara y abrazó fuerte a su hijo.
—A la ciudad donde pusieron la estatua de ustedes… A Creeks —dijo—. Al ser mitad humano, no le van a tener miedo. No le saldrán los cuernos y podrá vivir como una persona normal.
—Él no es normal… Él va a vivir por muchos años… y seguro muchos van a cazarlo cuando esto suceda —dijo Samara.
Los otros guerreros solo escuchaban.
—Kleir si es normal. Es un niño normal y hermoso —dijo Mila, estirando los brazos para agarrar al niño y abrazarlo—. Será mejor que vayan a discutir eso a otro lado. Muchas veces pensamos que no somos normales, pero aunque vivamos más o menos, lo somos —continuó Mila, mientras besaba la cabeza del pequeño.
James y Tadeo se miraron y asintieron con la cabeza. Se acercaron a ellos y acariciaron la cabeza de Kleir, y el niño les sonrió.
—Mamá, papá, tengo miedo. No me quiero separar de ustedes —dijo por primera vez el pequeño y se abrazó a Mila.
Al escuchar estas palabras, Samara y Ferit se levantaron del piso. Se tomaron de las manos, entrelazando sus dedos, y caminaron hacia la mitad del campo de margaritas. Las flores blancas comenzaron a reprimirse bajo los pies de la pareja.
—De verdad, no quiero separarme de mi bebé —dijo Samara.
—Ya lo sé, mi vida. Pero tenemos que protegerlo de Iglesias.
El demonio abrazó a la chica y llevó sus manos hacia su rostro. Le acarició la mejilla y le dio un suave beso en los labios, el cual pareció que duró diez minutos, aunque fueron solo unos segundos. Luego, Ferit volvió a abrazar a Samara y acarició sus cabellos.
—Va a estar bien ahí, te lo aseguro —dijo finalmente—. Él va a saber cuidarse. Y nosotros haremos todo lo que sea posible para estar con él de nuevo.
Samara asintió. Se apartó de su esposo como si cada paso le arrancara algo. Fue hacia Mila y los demás, y en cuanto tomó a su hijo en brazos, el pequeño se aferró a ella con desesperación, como si presintiera lo que estaba a punto de ocurrir. Ferit se acercó y acarició el cabello del niño. Ese simple contacto bastó para que el pequeño estallara en un llanto desconsolado, gritando que no lo dejaran solo, que no lo soltaran.
Intentaron calmarlo, pero su llanto era un golpe tras otro, una súplica que hacía temblar a Samara por dentro. Finalmente, agotado por el miedo, el niño se quedó profundamente dormido en los brazos de su madre. Ella lo sostuvo un instante más, notando su pequeño corazón latía con el suyo, como si fuera la última vez. Sentía cómo el pecho se le cerraba.
Cuando por fin se lo entregó a su esposo, sus manos temblaban. Se despidió de él con la voz rota, culpándose por todo, y con un miedo tan grande que apenas podía respirar. Le prometió que volvería, aunque ni siquiera sabía si podría cumplirlo.
Ferit sostuvo a Kleir con fuerza mientras volaba por encima de los árboles, sintiendo cómo el viento frío le cortaba la respiración. Cada sombra entre las ramas le daba la sensación de que un demonio acechaba, y rogó en silencio que ninguno lo viera. El miedo le tensaba los músculos, pero no podía detenerse.
Al fin divisó el pequeño pueblo de Creeks, oculto entre el bosque y las montañas. En el centro, la estatua de su esposa y los otros tres guerreros se alzaba como un guardián silencioso. Descendió con cuidado, procurando que Kleir no despertara. El niño respiraba tranquilo, ajeno al peligro que los rodeaba; no parecía que había estado llorando solo unos momentos antes.
A esa hora, las calles de tierra estaban desiertas. Ferit se arrodilló bajo la imponente figura de la madre del pequeño y lo dejó allí, envuelto en la manta que Samara le había dejado antes de su partida. Lo observó unos segundos que se le hicieron eternos, grabándose cada rasgo, cada mechón de su cabello. El miedo le apretaba el pecho: miedo a ser descubierto, miedo a no volver a verlo, miedo a que ese adiós fuera definitivo.
Un ruido entre los árboles lo hizo tensarse. No podía quedarse más tiempo. Desapareció entre las sombras, con el corazón desgarrado. Le costó más de lo que imaginaba separarse de él, pero sabía que en ese lugar estaría protegido. Y si él no lograba sobrevivir, al menos su hijo no estaría solo.
Cuando regresó donde estaba Samara y los demás, se abalanzó sobre ella y la abrazó con un poco de fuerza. Evitó que lo vieran llorar. Sin embargo, sus lágrimas cayeron sobre el hombro de la chica. Estaba sufriendo y no podía detener el llanto.
—Ya, ya… —dijo ella—. Hicimos lo correcto. Y si nos pasa algo, tú puedes ir por él y volver a cuidarlo —susurró mientras miraba a su esposo—. Si morimos hoy, Mila, Tadeo, James y yo queremos que nos entierres en este hermoso descampado…
Cuando terminó de hablar, una gran ráfaga de viento sacudió los cabellos de todos y una enorme figura junto a un relámpago cayó a su lado. Tenía siete grandes cuernos y unos colmillos que daban miedo. Era Iglesias. El cabello blanco y sus ojos rojos hacían que se le congelara la sangre al grupo.
—Aquí será su tumba… Y tú, Ferit, prepárate para un gran castigo —dijo, tirando una gran ráfaga de viento que hizo que todos los humanos cayeran al suelo y se dispersaran, evitando que pudieran volver a juntarse.
El primero en atacar fue Tadeo junto a su espada. Una luz azul salió de esta y fue directo hacia el gran demonio. Un destello rojo iluminó el cielo, por lo que corrió hacia él y lo traspasó. Sintió cómo una gran capa de piel caía al suelo. Le había hecho daño, pero no demasiado.
—¡Maldito! —gritó el demonio de cabello blanco.
Disparó una luz negra hacia Tadeo. Él no pudo evitarlo. Lo alcanzó y lo prendió fuego, haciendo que se quemara vivo. Las llamas ardían alrededor de su cuerpo y los gritos de dolor se fueron apagando junto a la llama. El chico aún seguía con vida. Ferit lo vio mover la boca y los ojos. Era cuestión de segundos para que todos murieran.
Era la primera vez que Ferit veía a Iglesias en persona. Siempre había escuchado de él, y en este primer encuentro ya quería eliminarlo.
Cuando se dieron cuenta de que Tadeo había muerto, James tiró su escudo hacia el demonio malvado y se fue contra él. Su luz verde se encendió y rozó los cuernos, sacándole uno y rompiéndole otro. Iglesias volvió a tirar su mismo fuego, pero esta vez pudieron protegerse.
Mila saltó y logró clavarle su lanza, obteniendo su color amarillo. La lanza estaba impregnada de un veneno poderoso, capaz de matar demonios. Al tener a los dos chicos en esa posición, llamas negras brotaron del cuerpo de Iglesias y quemaron a James y a Mila en el medio del camino. Ambos cayeron a los pies de aquel poderoso demonio, quedando completamente carbonizados.
Ferit vio los ojos de Samara. Sus tres amigos habían muerto en mano de aquel demonio. Ya sabía lo que ella pensaba. Él quería protegerla para que volviera con su hijo y vivir los tres juntos, pero también sabía que no lo iban a lograr.
Samara agarró su arco y flecha y se lanzó al ataque. Comenzó a dispararlas: eran de rojo y poderoso, pero ninguna lograba clavarse en el demonio. Se abalanzó a él con el arco, lo golpeó y le hizo aún más daño. La joven cayó hacia atrás, golpeándose la cabeza. Ferit corrió hacia ella. La sangre en su nuca cada vez crecía aún más y las flores blancas se pintaban de rojo.
—Pensé que me iban a dar más pelea. Fue inútil venir hacia acá —gritó, se dio media vuelta y, antes de irse, agarró a Ferit para llevárselo.
Ferit estaba temblando de miedo. Intentó zafarse, pero no pudo. Escuchó un grito que lo llamó. Al girar la cabeza, vio de pie a Samara, haciendo sus últimos esfuerzos: lanzó una de sus flechas que se clavó en la piel de Iglesias y lo atravesó, debilitándolo al instante. Samara cayó al suelo, y Ferit logró librarse. Corrió hacia ella.
—No te mueras… —dijo con lágrimas en los ojos.
—Lo siento… Te amo…
Esas fueron las últimas palabras de Samara. Cuando se dio vuelta, solo escuchó unas palabras, que le decían que tenía que volver al hogar de los demonios antes de buscar a su hijo. Ferit cavó las tumbas donde había prometido. Dentro de mucho tiempo, nuevos los elegidos encontrarían ese acampado y las armas que ayudarían a matar a Iglesias. Se despidió de Samara y prometió volver a visitarla.
—Te amo…
Ferit había desaparecido.
Año 2105 DC
El bosque llamaba a Elaine desde que tenía memoria. Aquel lugar peligroso, lleno de árboles y flores, la atraía. Ella sabía que no debía meterse dentro, pero su deseo era más fuerte. Desde pequeña intentó convencer a su padre para ir y jugar en su interior, con su césped, subirse a los árboles y desaparecer en aquellas ramas que tanto le llamaban la atención.
—Sí, sí. Cuando tengas veinte vas a poder ir, pero cuidado con los demonios.
Le había prometido su padre. Ella se quedó con esas palabras y nunca las olvidó.
Así empieza Guerreros al Ocaso.
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